Artículo | Compartiendo Diálogos Conmigo Mismo
EL CORAZÓN DEL MISTERIO PASCUAL: Somos fruto del apego omnipotente, que todo lo colma de solidaria calma, embelleciendo los andares y caminos. Nuestro referente y referencia está en Jesús, horizonte de gracia y fundamento de evidencia, que por amor se hace hombre y por adhesión nos participa su vida. Cada una de nuestras penas y dolores, halla una respuesta salvífica en el místico poema de sus penitentes pasos, vertidos en la cruz Redentora.
I.- COMPASIÓN QUE SE VUELVE PASIÓN
En esta comunión de percusiones,
todos vamos con la cruz a cuestas,
deseosos de encontrar el consuelo,
la mano de alguien que nos asista,
a proseguir en la senda y a seguir.
Por observancia hacia uno mismo,
no hay mejor itinerario que la paz,
pues la pujanza de la misericordia,
es, en muchos casos, la iniciadora
del sustento y el sostén de la vida.
El silencio de la Pasión nos anida,
se vuelve expresivo y manifiesto,
mientras nos sentimos penitentes,
con voluntad de hacer penitencia,
de deshacer el yerro y rehacernos.
II.- DESEO QUE SE VUELVE ALABANZA
El domingo de Ramos es la savia,
el gran porche vivencial del albor;
una dicha que todo lo comprende,
que nos lleva y nos eleva a Jesús,
nuestro sostén y redentor nuestro.
Benditos, pues, todos sus andares;
su proclamación de sones níveos,
el reino que llega para acogernos,
que silba como brisa de armonía,
como soplo de verso en el verbo.
Así, al albor de Cristo, todo vive;
nada se marchita y todo se aclara.
La humanidad se ajusta y se reúne
recubierta por el manto angelical,
una gracia que indulta y glorifica.
III.- ALEGRÍA QUE ES VUELVE VOCABLO
La procesión de Ramos es júbilo,
manifestación de verídica alegría,
porque podemos conocer a Jesús,
al darnos la alianza como vínculo,
y el perdón como regla sistémica.
Él es la Verdad y la Bondad fija;
alcanzarle es infiltrarse de gozos,
ver su rostro y buscar sus rastros,
para alimentarnos de sus señales,
que son de comunión y de unión.
El Señor nos llama a testimoniar,
los aconteceres vividos a su lado,
como noble semilla de esperanza,
que florece con la caridad divina,
y por la luz de la fe en su palabra.
Víctor CORCOBA HERRERO
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