No es claro cómo ni cuándo se va a resolver el conflicto en el Medio Oriente. Sí lo son las consecuencias que dejará tras su paso devastador.
Por un lado, vuelve a demostrar que estamos sumergidos en un cambio de sistema mundial. Las instituciones surgidas tras la Segunda Guerra Mundial están desechas. Hay un regreso a la política dura, al uso del poder descarnado y la razón de Estado.
La ONU, la OTAN, la OMS y un largo etcétera están devastadas.
No hay, por lo pronto, nada que las sustituya. Peligroso.
También, la guerra descarriló la política de alianzas de Estados Unidos. Europa se prepara para una salida, de facto o legal, de la súper potencia de la Organización del Atlántico Norte. Las tensiones europeas se dispararán, por un acelerado rearme de Francia, Gran Bretaña y Alemania. Vecinos de Rusia, especialmente Polonia, han incrementado su inversión en defensa de manera exponencial.
Pero no es sólo Europa. Japón y Corea del Sur entendieron ya que deberán prepararse para una posible conflagración alrededor de Taiwán.
Por otra parte, si el conflicto no termina pronto, la credibilidad de Estados Unidos disminuirá. Irán ha resultado un hueso duro de roer. Al presidente Trump le urge salirse de una guerra altamente impopular (sólo 35% la respalda), que predijo corta.
Como no ha sido así, la economía internacional sangra.
No habrá una baja rápida del petróleo y derivados. El daño a la infraestructura energética de la región ha sido alto, y tardará en recuperarse. Las navieras no reactivarán de un día para otro el suministro. El nudo sobre el control del canal de Ormuz sigue apretándose.
Esto seguirá manteniendo los precios de las gasolinas, diésel y fertilizantes altos.
Continuarán, entonces, las presiones inflacionarias en diversos productos, pero especialmente en los alimentos. Y la inflación y alimentos mueven votos.
Tendremos, entonces un lustro de alta inestabilidad.
George Friedmann escribió, a principios de la década, un libro seminal. La tormenta antes de la calma. En él, anticipaba que Estados Unidos está dominado por ciclos históricos, políticos y económicos que moldean su actuación y, por tanto, sobre todo desde el siglo XX, la del mundo.
Friedmann anticipaba que estamos inmersos justamente en un cambio de ciclos y que eso llevaría a una década de incertidumbre, polarización, reconfiguración económica y realineamiento político internacional. La calma volvería hacia el 2030.
No hay duda: estamos en medio de la tempestad.
X | @fvazquezrig
