Ciudad del Vaticano. - Antes de rezar la oración mariana del Ángelus este domingo 1 de febrero de 2026, León XIV recuerda que las Bienaventuranzas revelan la luz de Dios en la historia, elevan a los humildes y ofrecen consuelo a quienes el mundo descarta. La verdadera felicidad no se compra ni se conquista, se recibe y se comparte “a causa de Cristo”.

"Una página espléndida de la Buena Noticia que Jesús anuncia a toda la humanidad", así describió el Papa León XIV el Evangelio de las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12), que la liturgia propone para este 1 de febrero de 2026, IV Domingo del Tiempo Ordinario.

En su reflexión previa a la oración mariana del Ángelus, ante los miles de fieles y peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro, el Santo Padre puntualiza que “estas, en efecto, son luces que el Señor enciende en la penumbra de la historia, revelando el proyecto de salvación que el Padre realiza por medio del Hijo, con el poder del Espíritu Santo”.

El Obispo de Roma explicó que “en el monte, Cristo entrega a los discípulos la ley nueva, que ya no está escrita en la piedra sino en los corazones; es una ley que renueva nuestra vida y la hace buena, aun cuando ante el mundo pueda parecer fracasada y miserable”.

Sólo Dios -agregó- puede llamar realmente bienaventurados a los pobres y a los afligidos (cf. vv. 3-4), porque Él es el sumo Bien que se da a todos con amor infinito. Sólo Dios puede saciar a quienes buscan paz y justicia (cf. vv. 6.9), porque Él es el justo juez del mundo, autor de la paz eterna.

Sólo en Dios encuentran verdadera alegría los mansos, los misericordiosos y los puros de corazón (cf. vv. 5.7-8), porque Él es el cumplimiento de lo que esperan. En la persecución, Dios es la fuente del rescate; en la mentira, es el ancla de la verdad. Por eso Jesús proclama: «Alégrense y regocíjense» (v. 12).

    “Estas Bienaventuranzas son una paradoja sólo para quien considera que Dios es diferente de como Cristo lo revela. Quien espera que los prepotentes sean siempre dueños de la tierra, permanece sorprendido ante las palabras del Señor. Quien está acostumbrado a pensar que la felicidad pertenece a los ricos, podría creer que Jesús sea un iluso. Y, en cambio, la ilusión está precisamente en la falta de fe en Cristo; Él es el pobre que comparte su vida con todos, el manso que persevera en el dolor, el que trabaja por la paz y es perseguido hasta la muerte en cruz.”

"De este modo, prosiguió el Sucesor de Pedro, Jesús ilumina el sentido de la historia; no la que escriben los vencedores, sino la que Dios realiza salvando a los oprimidos". A continuación, el Pontífice puntualizó: "El Hijo mira al mundo con el realismo del amor del Padre; en el lado opuesto están, como decía el Papa Francisco, «los profesionales de la ilusión. No hay que seguirlos, porque son incapaces de darnos esperanza» (Ángelus, 17 febrero 2019)".

    “Dios, en cambio, da esta esperanza sobre todo a quien el mundo descarta como desesperado.”

Las Bienaventuranzas son, para nosotros, según el Papa, "una prueba de la felicidad, llevándonos a preguntarnos si la consideramos una conquista que se compra o un don que se comparte; si la reponemos en objetos que se consumen o en relaciones que nos acompañan". "De hecho, acotó, es 'a causa de Cristo' (cf. v. 11) y gracias a Él que la amargura de las pruebas se transforma en la alegría de los redimidos".

    “Jesús no habla de una consolación lejana, sino de una gracia constante que nos sostiene siempre, sobre todo en la hora de la aflicción.”

Al final de su alocución, el Santo Padre consideró que "las Bienaventuranzas elevan a los humildes y dispersan a los soberbios de corazón", y por ello invitó a pedir la intercesión de la Virgen María, sierva del Señor, "que todas las generaciones llaman bienaventurada".

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Ciudad del Vaticano. - El Papa León XIV habló en la audiencia general sobre la Constitución conciliar Dei Verbum, destacando tres pilares de la fe cristiana: la acción del Espíritu Santo, la unidad entre Sagrada Escritura y Tradición, y la responsabilidad de la Iglesia como custodio del “depósito” de la fe.

Esta mañana, el Papa León XIV ha continuado su catequesis sobre la Constitución conciliar Dei Verbum, uno de los textos fundamentales del Concilio Vaticano II. En su alocución se ha centrado en tres ideas que iluminan la comprensión católica de la Revelación Divina: la acción permanente del Espíritu Santo, la unidad inseparable entre Sagrada Escritura y Tradición, y la responsabilidad de la Iglesia como custodio del “depósito” de la fe.

La fe cristiana, presencia viva 

El Papa recordó el papel decisivo del Espíritu Santo en la transmisión de la Revelación. A partir de las palabras de Jesús en el Cenáculo, León XIV subrayó que la fe cristiana no se apoya en un recuerdo estático del pasado, sino en una presencia viva que guía a la Iglesia “hacia la verdad completa”.

El Pontífice recordó que el Espíritu no añade una nueva revelación, pero sí hace posible una comprensión cada vez más profunda de la Palabra de Cristo a lo largo de la historia. Gracias a su acción, la enseñanza de Jesús permanece actual, capaz de iluminar contextos culturales, sociales y humanos muy distintos a los del siglo I. De este modo, la Iglesia no repite mecánicamente, sino que actualiza fielmente el Evangelio.

Escritura y Tradición: una unidad inseparable

Al abordar la relación entre la Sagrada Escritura y la Tradición, el Papa citó directamente la Dei Verbum, insistiendo en que ambas proceden de una misma fuente divina y forman un único todo orientado al mismo fin: la salvación de las almas.

    “La Tradición eclesial se ramifica a lo largo de la historia a través de la Iglesia, que custodia, interpreta y encarna la Palabra de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica (cf. n. 113) remite, a este respecto, a un lema de los Padres de la Iglesia: «La Sagrada Escritura está escrita en el corazón de la Iglesia antes que en instrumentos materiales», es decir, en el texto sagrado.”

Lejos de presentarlas como realidades opuestas, el Papa explicó que la Escritura vive dentro de la Tradición de la Iglesia, que la custodia, la interpreta y la encarna. En este sentido, evocó la enseñanza de los Padres de la Iglesia según la cual la Palabra de Dios fue “escrita primero en el corazón de la Iglesia” antes de quedar fijada en textos. Esta visión subraya que la Biblia no es un libro aislado, sino el libro de un pueblo creyente.

La palabra de Dios no esta "fosilizada"

Además, el Pontífice destacó el carácter dinámico de esta relación, recordando que la Palabra de Dios no está “fosilizada”, sino que crece y se desarrolla en la vida de la comunidad cristiana, tal como afirmaron san Gregorio Magno y san Agustín.

Sobre el “depósito de la fe”, confiado a la Iglesia, el Santo Padre retomó la exhortación de san Pablo a Timoteo, explicando que este depósito —la Palabra de Dios transmitida en la Escritura y la Tradición— debe ser conservado íntegro y transmitido fielmente.

Custodiar no significa inmovilizar

El Papa León XIV subrayó que custodiar no significa inmovilizar. Inspirándose en John Henry Newman, recordó que la doctrina cristiana se desarrolla como una semilla que crece desde dentro, sin perder su identidad. El Magisterio de la Iglesia, ejercido en nombre de Jesucristo, tiene la misión de garantizar esta fidelidad, evitando tanto la ruptura con la tradición apostólica como una lectura rígida incapaz de dialogar con la historia.

Sugestivo, en esta línea, es lo que proponía el santo Doctor de la Iglesia John Henry Newman, en su obra titulada El desarrollo de la doctrina cristiana. Afirmaba que el cristianismo, tanto como experiencia comunitaria como doctrina, es una realidad dinámica, tal y como indicó el mismo Jesús con las parábolas de la semilla (cf. Mc 4,26-29): una realidad viva que se desarrolla gracias a una fuerza vital interior.

Custodiar el depósito de la fe

En este contexto, el Pontífice apeló a la responsabilidad de todos los fieles: obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, llamados a custodiar el depósito de la fe como una “estrella polar” en medio de la complejidad del mundo actual.

Concluyendo su catequesis, el Papa León XIV recordó que Escritura y Tradición, unidas bajo la acción del Espíritu Santo, no solo conservan la memoria del pasado, sino que hacen posible una fe viva, capaz de responder a los desafíos del presente. Una enseñanza que reafirma la actualidad del Concilio Vaticano II y su valor como brújula para la Iglesia del siglo XXI.

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Ciudad del Vaticano. - Jesús comienza su predicación en un momento difícil y en un lugar marcado por la diversidad. A partir de este pasaje del Evangelio, el Papa invitó en el Ángelus dominical a no dejarnos paralizar por la indecisión ni por la prudencia excesiva, recordando que cada momento y cada lugar son visitados por Dios y abiertos a su amor.

En el Ángelus dominical, el Papa centró su reflexión en el inicio de la predicación de Jesús, tal como lo narra el Evangelio de Mateo. A partir del llamado a los primeros discípulos —Simón Pedro, Andrés, Santiago y Juan—, el Santo Padre invitó a los fieles a preguntarse por dos aspectos clave de la misión de Jesús: el momento y el lugar en que comienza. El Papa nos da un mensaje claro y esperanzador: no hay momentos ni lugares excluidos de la acción de Dios. Allí donde parece haber dificultad, diversidad o incertidumbre, el Evangelio puede comenzar de nuevo.

Un comienzo en tiempos difíciles

El Papa subrayó que Jesús inicia su predicación en un contexto que, humanamente hablando, no parece favorable: el arresto de Juan el Bautista. Lejos de ser un tiempo de seguridad o éxito, es un momento oscuro, marcado por la resistencia y la incertidumbre. Sin embargo, es precisamente ahí donde Jesús anuncia con fuerza: “El Reino de los Cielos está cerca”.

A partir de este pasaje, el Pontífice hizo una lectura muy cercana a la vida cotidiana de las personas y de la Iglesia. Muchas veces —dijo— creemos que no es el momento adecuado para tomar decisiones importantes, para anunciar el Evangelio o para cambiar situaciones que nos pesan. Nos refugiamos en la prudencia o en la espera, pero corremos el riesgo de quedar paralizados. El Evangelio, en cambio, nos invita a confiar: Dios actúa en todo momento, incluso cuando no nos sentimos preparados.

Un anuncio que cruza fronteras

El segundo punto de la reflexión fue el lugar elegido por Jesús para iniciar su misión pública: Cafarnaúm, en Galilea. No se trata de un centro religioso cerrado, sino de una región de paso, marcada por la diversidad cultural y religiosa. Con este gesto, Jesús muestra que su mensaje no está reservado a unos pocos, sino que se dirige a todos.

El Santo Padre destacó que el Mesías, viniendo de Israel, no se encierra en fronteras étnicas o religiosas, sino que se acerca a las personas allí donde viven, trabajan y se relacionan. Este rasgo del Evangelio interpela directamente a los cristianos de hoy, llamados a vencer la tentación del aislamiento y del cierre. La fe está llamada a vivirse y anunciarse en todas las realidades humanas, para convertirse en fermento de fraternidad y de paz entre pueblos, culturas y religiones.

Llamados hoy, aquí y ahora

Como los primeros discípulos, recordó León XIV, también nosotros estamos llamados a responder a la voz del Señor con alegría y confianza. Cada etapa de la vida, cada lugar que habitamos, está atravesado por la presencia y el amor de Dios. Por último, Prevost pidió a la Virgen María, para que conceda a todos una confianza interior profunda y acompañe el camino de quienes buscan seguir a Cristo en medio de las realidades concretas del mundo.

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Ciudad del Vaticano. - En el Ángelus dominical, León XIV instó a no malgastar tiempo y energías persiguiendo lo que es mera apariencia, sino a conformarnos con lo necesario y amar “las cosas sencillas y las palabras sinceras”. El amor del Padre nos revela “quiénes somos realmente y cuánto valemos a sus ojos”.

“Nuestra alegría y nuestra grandeza no se basan en ilusiones pasajeras de éxito y de fama, sino en sabernos amados y deseados por nuestro Padre que está en los cielos”. Lo afirmó el Papa en su reflexión previa a la oración del Ángelus de hoy, 18 de enero, II domingo del tiempo ordinario.

Asomado desde la ventana del Palacio Apostólico, ante los fieles romanos y peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro, León XIV basó su reflexión en el pasaje del Evangelio de Juan de la liturgia del día que nos habla de Juan el Bautista, que reconoce en Jesús al Cordero de Dios, el Mesías, diciendo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».  Y añade: «He venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel»

Juan reconoce en Jesús al Salvador – evidenció el Obispo de Roma –proclama su divinidad y su misión al pueblo de Israel y luego se aparta, una vez cumplida su tarea, como atestiguan estas palabras suyas: «Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo» (v. 30).

La decepción de estilos de vida efímeros  

Para el Bautista, nota el Papa León, habría sido fácil aprovecharse de su fama, ya que era un hombre muy querido por las multitudes, hasta el punto de ser temido por las autoridades de Jerusalén. “En cambio, no cede en absoluto a la tentación del éxito y la popularidad” sino que “frente a Jesús, reconoce su propia pequeñez y le da espacio a su grandeza. Sabe que ha sido enviado para preparar «el camino del Señor» y cuando el Señor viene, reconoce su presencia con alegría y humildad y se retira de la escena. ¡Qué importante es para nosotros hoy su testimonio!”, señala el Obispo de Roma, observando a continuación :

De hecho, a menudo se le da una importancia excesiva a la aprobación, al consenso y a la visibilidad, hasta el punto de condicionar las ideas, los comportamientos y los estados de ánimo de las personas, causando sufrimiento y divisiones, y produciendo estilos de vida y de relación efímeros, decepcionantes y oprimentes.

El amor del Padre nos revela quienes somos y cuánto valemos a sus ojos

En realidad, no necesitamos estos “sucedáneos de la felicidad”, observa el Papa León, porque “nuestra alegría y nuestra grandeza no se basan en ilusiones pasajeras de éxito y de fama, sino en sabernos amados y deseados por nuestro Padre que está en los cielos”. Y añade:

El amor del que nos habla Jesús es el de un Dios que aún hoy viene entre nosotros, no para sorprendernos con efectos especiales, sino para compartir nuestro esfuerzo y asumir nuestras cargas, revelándonos quiénes somos realmente y cuánto valemos a sus ojos.

Mantener alerta el espíritu para encontarnos con el Señor

“Queridos hermanos, no nos dejemos distraer ante su paso. No malgastemos tiempo y energías persiguiendo lo que es mera apariencia”, exhorta el Santo Padre antes de concluir su catequesis. Y finalmente, ayudados por la Virgen María, “modelo de sencillez, sabiduría y humildad”, invita a mirar al Bautista y a seguir su ejemplo:

Aprendamos de Juan el Bautista a mantener alerta el espíritu, amando las cosas sencillas y las palabras sinceras, viviendo con sobriedad y profundidad de mente y de corazón, conformándonos con lo necesario y encontrando cada día, en cuanto sea posible, un momento especial en el que detenernos en silencio para rezar, reflexionar, escuchar; en definitiva, para “ir al desierto”, y allí encontrarnos con el Señor y estar con Él.

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Ciudad del Vaticano. - En la audiencia general de hoy, León XIV profundizó en la Constitución conciliar “Dei Verbum” y explicó que Dios “nos hace hijos y nos llama a hacernos semejantes a Él a pesar de nuestra frágil humanidad”: en la vida de cada cristiano no puede faltar tiempo para la oración, la meditación y la reflexión

“Yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre”, dijo Jesús a sus discípulos, transformando así “radicalmente la relación del hombre con Dios”, convirtiéndola en “una relación de amistad”, una “nueva alianza”, cuya “única condición” es “el amor”. “Este es un punto fundamental de la fe cristiana que nos recuerda la Dei Verbum”, subrayó León XIV en la audiencia general de hoy, 14 de enero, en el Aula Pablo VI, en la que dedicó su catequesis al tema “Dios habla a los hombres como amigos” y a la Constitución dogmática sobre la divina Revelación, en el marco del nuevo ciclo dedicado a “Los documentos del Concilio Vaticano II”, que inició la semana pasada.
Semejantes a Dios en Cristo

La amistad, el diálogo y la oración son los elementos que deben distinguir la relación con Dios, indicó el Pontífice, quien partió de una premisa: la “gracia” de “hacernos amigos de Dios en su Hijo”, como explica San Agustín comentando el Evangelio de Juan. Porque “no somos iguales a Dios, pero Dios mismo nos hace semejantes a Él en su Hijo”, continuó el Papa. Si en la Alianza entre Dios y el hombre “hay un primer momento de distancia” y “el pacto” es “asimétrico” - “Dios es Dios y nosotros somos criaturas” -, “con la venida del Hijo en la carne humana”, “en Jesús, Dios nos hace hijos y nos llama a hacernos semejantes a Él a pesar de nuestra frágil humanidad”.

Nuestra semejanza con Dios, entonces, no se alcanza mediante la transgresión y el pecado, como sugirió la serpiente a Eva, sino en la relación con el Hijo hecho hombre.

La amistad entre Dios y los hombres

Para León XIV, “uno de los documentos más bellos y más importantes de la asamblea conciliar” es la Dei Verbum, que, centrándose en las palabras que Jesús dirigió a los apóstoles, explica que con esta Revelación, “Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor, y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo”. En práctica, aclaró el Pontífice, “el Dios del Génesis”, que ya dialogaba con los hombres, incluso ante el “pecado”, que interrumpe “este diálogo”, no cesa de buscar “establecer una alianza” con ellos cada vez. Y así, cuando Dios, “se hace carne en su Hijo para venir a buscarnos” y restablece el diálogo “de manera definitiva”, “la Alianza es nueva y eterna”, es “amistad” que “se alimenta del intercambio de palabras verdaderas”.

La Constitución Dei Verbum nos recuerda también esto: Dios nos habla. Es importante comprender la diferencia entre la palabra y la charla: esta última se detiene en la superficie y no realiza una comunión entre las personas, mientras que en las relaciones auténticas, la palabra no solo sirve para intercambiar informaciones y noticias, sino también para revelar quiénes somos. La palabra posee una dimensión reveladora que crea una relación con el otro. Así, hablándonos, Dios se nos revela como Aliado que nos invita a la amistad con Él.
Escucha y oración

Dado que la Palabra alimenta las relaciones, primero se debe cultivar “la escucha”, indicó el Papa, para que “la Palabra divina pueda penetrar en nuestras mentes y en nuestros corazones”, y, al mismo tiempo, “hablar con Dios” a través de la oración, “no para comunicarle lo que Él ya sabe, sino para revelarnos a nosotros mismos”. Por tanto, la oración es necesaria para “vivir” y “cultivar la amistad con el Señor”. Esto “se realiza, primeramente, en la oración litúrgica y comunitaria, en la que no somos nosotros quienes decidimos qué escuchar de la Palabra de Dios, sino que es Él mismo quien nos habla por medio de la Iglesia”, y también “en la oración personal”, que tiene lugar “en el interior del corazón y de la mente”, añadió el Pontífice, quien exhortó a encontrar momentos de recogimiento en medio de la rutina diaria.

Durante la jornada y la semana del cristiano no puede faltar el tiempo dedicado a la oración, a la meditación y a la reflexión. Solo cuando hablamos con Dios podemos también hablar de Él.
La llamada de Jesús

Si “las amistades pueden terminar a causa de algún gesto clamoroso de ruptura”, o también por “desatenciones cotidianas que desgastan la relación hasta romperla”, hay que esforzarse en  mantener la amistad con Dios, concluyó León XIV.

Si Jesús nos llama a ser sus amigos, intentemos no desoír su llamada. Acojámosla, cuidemos esta relación, y descubriremos que la amistad con Dios es nuestra salvación.

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Ciudad del Vaticano. - En el inicio de un nuevo ciclo de catequesis, el Papa León exhortó a la Iglesia a volver al Concilio Vaticano II, no desde interpretaciones parciales o recuerdos lejanos, sino a través de la lectura directa de sus Documentos. A sesenta años de su clausura, el Pontífice subrayó la vigencia y la fuerza profética de aquel acontecimiento, que sigue orientando el camino de la Iglesia en un mundo marcado por profundos cambios sociales y culturales.

Tras el Año Jubilar dedicado a los misterios de la vida de Jesús, el Papa León XIV anunció esta mañana en su audiencia general,  que las catequesis de este nuevo período estarán centradas en el Concilio Vaticano II y en la relectura de sus textos fundamentales. Se trata, explicó, de una oportunidad privilegiada para redescubrir «la belleza y la importancia» de un acontecimiento que san Juan Pablo II definió como «la gran gracia de la que la Iglesia ha beneficiado en el siglo XX».

Sesenta años después, volver al Concilio Vaticano II

El Pontífice recordó que, junto con el aniversario del Concilio de Nicea, en 2025 se conmemoraron los sesenta años del Vaticano II. Aunque no ha pasado tanto tiempo desde entonces, señaló que ya no vive la generación de obispos, teólogos y fieles que lo protagonizó. Por ello, advirtió sobre el riesgo de conocer el Concilio solo por referencias indirectas o interpretaciones ideológicas, e invitó a volver a sus Documentos como fuente auténtica del Magisterio de la Iglesia.

Citando a Benedicto XVI, el Papa León subrayó que los textos conciliares no han perdido actualidad. Al contrario, sus enseñanzas resultan especialmente pertinentes frente a los desafíos de la sociedad globalizada. «El Concilio sigue siendo hoy la estrella polar del camino de la Iglesia», afirmó.

    “Como enseñaba Benedicto XVI «los documentos conciliares no han perdido su actualidad con el paso de los años; al contrario, sus enseñanzas se revelan particularmente pertinentes ante las nuevas instancias de la Iglesia y de la actual sociedad globalizada»”

El Concilio Vaticano II para afrontar los desafíos actuales

Al evocar la apertura del Concilio, el 11 de octubre de 1962, el Papa recordó las palabras de san Juan XXIII, quien lo describió como «la aurora de un día de luz para toda la Iglesia». A partir de una profunda reflexión bíblica, teológica y litúrgica, el Vaticano II —explicó— permitió redescubrir el rostro de Dios como Padre, presentó a la Iglesia como misterio de comunión y promovió una decisiva reforma litúrgica centrada en la participación activa del Pueblo de Dios.

Asimismo, el Concilio impulsó una nueva relación con el mundo contemporáneo, marcada por el diálogo, la corresponsabilidad y la atención a los signos de los tiempos. El Papa León destacó que la Iglesia conciliar es una Iglesia abierta a la humanidad, solidaria con las esperanzas y angustias de los pueblos y comprometida en la construcción de una sociedad más justa y fraterna.

    “El Concilio Vaticano II ha redescubierto el rostro de Dios como Padre que, en Cristo, nos llama a ser sus hijos; ha mirado a la Iglesia a la luz del Cristo, luz de las gentes, como misterio de comunión y sacramento de unidad entre Dios y su pueblo; ha iniciado una importante reforma litúrgica poniendo en el centro el misterio de la salvación y la participación activa y consciente de todo el Pueblo de Dios.”

Una brújula para la Iglesia del siglo XXI

En este contexto, recordó una conocida afirmación de san Pablo VI: gracias al Concilio, «la Iglesia se hace palabra, mensaje y diálogo». De ahí brota el compromiso con el ecumenismo, el diálogo interreligioso y el encuentro con todas las personas de buena voluntad.

El Papa también insistió en que el espíritu conciliar debe seguir inspirando la vida espiritual y pastoral de la Iglesia. Frente a los desafíos actuales, dijo, aún queda camino por recorrer en la reforma eclesial, especialmente en clave ministerial. Para ello, es necesario ser «alegres anunciadores del Evangelio» y «valientes testigos de justicia y de paz».

Citando a monseñor Albino Luciani, futuro papa Juan Pablo I, el Pontífice recordó que los frutos más profundos de un Concilio no dependen solo de estructuras o métodos, sino de una santidad más profunda y extendida, cuyos efectos pueden madurar incluso después de décadas.

    “Mons. Albino Luciani, futuro Papa Juan Pablo I, como Obispo de Vittorio Veneto, al principio del Concilio escribió proféticamente: «Existe como siempre la necesidad de realizar no tanto organismos o métodos o estructuras, sino santidad más profunda y extensa. […]”

Al concluir, el Papa León retomó las palabras de san Pablo VI al cierre del Concilio en 1965, cuando habló de la hora de partir y salir al encuentro del mundo para anunciar el Evangelio. «También hoy —afirmó— la Iglesia está llamada a acoger la herencia del Vaticano II y a renovar la alegría de llevar al mundo el Reino de Dios: un Reino de amor, de justicia y de paz».

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Ciudad del Vaticano. - El misterio de la Navidad recuerda que la esperanza cristiana no se apoya en cálculos humanos, sino en la decisión de Dios de hacerse carne en Jesús y caminar con la humanidad. Esta cercanía divina dijo León XIV en el Ángelus, exige una fe encarnada, capaz de reconocer a Dios en la vida cotidiana y de comprometerse activamente con la dignidad, la justicia y el cuidado de cada persona.

En el segundo domingo después de la Natividad del Señor, el Papa León XIV dirigió su reflexión del Ángelus poniendo en el centro el corazón del misterio cristiano: la Encarnación de Dios como fundamento de la esperanza. 
La raíz de nuestra esperanza: Dios se hizo uno de nosotros

La esperanza cristiana surge de la cercanía de Dios, que al hacerse humano en Jesús camina con la historia y la vida concreta de las personas, y se manifiesta como una fe viva que reconoce a Dios en lo cotidiano y se traduce en compromiso real con la dignidad, la justicia y el cuidado del prójimo. Un mensaje claro y exigente que recuerda que la Navidad no es solo una celebración del pasado, sino una llamada permanente a vivir una fe encarnada, cercana y comprometida con la vida concreta de los hombres y mujeres de hoy. El Pontífice recordó que la fe cristiana no se apoya en cálculos humanos ni en un optimismo ingenuo, sino en una certeza profunda: Dios ha decidido compartir nuestra historia.
La esperanza cristiana nace de un Dios que se hace cercano

Inspirado en el Prólogo del Evangelio de san Juan —«Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14)—, el Papa subrayó que la esperanza cristiana nace de un Dios que no permanece distante, sino que entra en la fragilidad humana. En Jesús, Dios se hace uno de nosotros y camina a nuestro lado, asegurándonos que nunca estamos solos en la travesía de la vida. No se trata, afirmó el Papa, de un Dios lejano que habita en un cielo perfecto, sino del Dios-con-nosotros, que comparte nuestra tierra frágil y se manifiesta en la vida real.

    “La venida de Jesús en la debilidad de la carne humana, si por una parte reaviva en nosotros la esperanza, por otra nos confía un doble compromiso, uno hacia Dios y el otro hacia el ser humano.”

Una fe verdaderamente encarnada

El Santo Padre explicó que la Encarnación implica un doble compromiso: uno hacia Dios y otro hacia el ser humano. En relación con Dios, invitó a revisar nuestra espiritualidad para que no se reduzca a conceptos abstractos, sino que parta siempre de la humanidad concreta de Jesús. Creer en el Dios hecho carne significa reconocerlo cercano, presente en la realidad cotidiana, en los rostros de los hermanos y en las situaciones concretas de cada día.

    “Por eso, siempre debemos verificar nuestra espiritualidad y las formas en las que expresamos la fe, para que sean realmente encarnadas, es decir, capaces de pensar, rezar y anunciar al Dios que viene a nuestro encuentro en Jesús; no un Dios distante que habita en un cielo perfecto sobre nosotros, sino un Dios cercano que habita nuestra tierra frágil, se hace presente en el rostro de los hermanos, se revela en las situaciones de cada día.”

El compromiso con la dignidad humana

El segundo compromiso, inseparable del primero, se dirige al ser humano. Si Dios se ha hecho uno de nosotros, toda persona lleva en sí su imagen y un reflejo de su luz. De ahí nace la exigencia de reconocer la dignidad inviolable de cada ser humano y de vivir el amor mutuo como criterio fundamental de las relaciones humanas.

El Papa León XIV insistió en que la Encarnación reclama un compromiso concreto con la fraternidad, la comunión, la justicia y la paz. Cuidar a los más frágiles y defender a los débiles no es una opción secundaria, sino una consecuencia directa de la fe cristiana. “No hay un culto auténtico a Dios sin el cuidado de la carne humana”, afirmó con fuerza.

    “... para que la solidaridad sea el criterio de las relaciones humanas; por la justicia y por la paz; por el cuidado de los más frágiles y la defensa de los débiles. Dios se hizo carne, por eso no hay un culto auténtico hacia Dios sin el cuidado de la carne humana.”

María, modelo de disponibilidad y servicio

Al concluir, el Pontífice animó a los fieles a dejarse sostener por la alegría de la Navidad para continuar el camino cristiano con esperanza renovada. Encomendó este compromiso a la Virgen María, pidiendo que nos ayude a estar cada vez más disponibles para servir a Dios y al prójimo.

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Ciudad del Vaticano. - Al término del Ángelus, León XIV pide a los más pequeños que recen ante el belén y luego bendice a sus Niños Dios, como es tradición en el cuarto domingo de Adviento.

Con la nariz levantada hacia la ventana del Papa, sostienen en sus manos al Niño Jesús que han traído de casa y esperan que sea bendecido por León XIV. Son numerosos los niños que hoy, 21 de diciembre, se han reunido en la Plaza de San Pedro con sus familias y catequistas para participar en la iniciativa organizada por el Centro Oratorios Romanos desde 1969 con el Papa Pablo VI y continuada a lo largo de los años con los demás Sucesores de Pedro. Es la primera vez para el Papa León, quien, en esta ocasión, dirige una importante petición a los pequeños.

Queridos niños, ante el pesebre, recen a Jesús también por las intenciones del Papa. En particular, recemos juntos para que todos los niños del mundo puedan vivir en paz. ¡Les doy las gracias de corazón!

El Papa: san José es modelo de misericordia y fe en este tiempo de Adviento

En el Ángelus del cuarto domingo de Adviento, León XIV invitó a los fieles a contemplar la figura de san José, descrito como un hombre justo, sensible y valiente en la fe. A través ...

La bendición

Una oración por la paz, la misma que trae el Niño Jesús al mundo. León XIV bendice las estatuillas, algunas desnudas en el pesebre, otras con túnicas blancas y doradas, «para colocarlas —afirma el Papa— en el pesebre de sus casas, escuelas y oratorios».

Y sobre los Niños Jesús y todas las expresiones de nuestra fe en el Niño Jesús, los bendiga siempre el Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Antes incluso de la bendición, el Obispo de Roma había saludado a los fieles procedentes de diversas partes de Italia y del mundo, como España y Hong Kong. También dedicó un pensamiento a los miembros de la «Fundación Agustinos en el Mundo», con motivo de su aniversario.

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Ciudad del Vaticano. - León XIV ha advertido que estamos absortos en muchas actividades que no siempre nos satisfacen. El hecho de hacer demasiado, “en lugar de darnos plenitud, se convierte en un vórtice que nos aturde”. En cambio, ha asegurado el Santo Padre, leer la vida bajo el signo de la Pascua, “significa encontrar el acceso a la esencia de la persona humana, a nuestro corazón”.

El Papa León XIV, durante la catequesis de la audiencia general de este miércoles 17 de diciembre, ha asegurado que el verdadero tesoro se conserva “en el corazón”, “no en las cajas fuertes de la tierra”, “no en las grandes inversiones financieras, hoy más que nunca enloquecidas e injustamente concentradas, idolatradas al precio sangriento de millones de vidas humanas y de la devastación de la creación de Dios”.
El tesoro de amar al prójimo

Asimismo, ha subrayado que el auténtico destino del corazón no consiste “en la posesión de los bienes de este mundo”, sino en “alcanzar lo que puede colmarlo plenamente, es decir, el amor de Dios, o, mejor dicho, Dios Amor”. Y este tesoro solo se encuentra “amando al prójimo que se encuentra en el camino”, es decir, “hermanos y hermanas de carne y hueso, cuya presencia interpela e interroga a nuestro corazón, llamándolo a abrirse y a donarse”. El Pontífice ha asegurado que el prójimo te pide “ralentizar, mirarlo a los ojos, a veces cambiar de planes, tal vez incluso cambiar de dirección”.

Con los fieles presentes en la plaza de San Pedro, el Santo Padre ha reflexionado sobre la Pascua como destino del corazón inquieto. De este modo, León XIV ha observado que hoy en día se exige en todas partes “rapidez para obtener resultados óptimos en los ámbitos más diversos” y se ha preguntado si, cuando participemos en la victoria de Jesús sobre la muerte, descansaremos. “La fe nos dice que sí, que descansaremos. No estaremos inactivos, sino que entraremos en el descanso de Dios, que es paz y alegría”, ha explicado.

El corazón símbolo de nuestra humanidad

Estamos absortos – ha asegurado - en muchas actividades que no siempre nos satisfacen. “Muchas de nuestras acciones tienen que ver con cosas prácticas, concretas”, ha añadido el Santo Padre. Por eso, León XIV ha recordado que también Jesús “se involucró con las personas y con la vida, sin escatimar esfuerzos, sino entregándose hasta el final”.

Sin embargo, tal y como ha señalado, sucede que a menudo percibimos que “el hecho de hacer demasiado”, “en lugar de darnos plenitud, se convierte en un vórtice que nos aturde, nos quita la serenidad, nos impide vivir mejor lo que es realmente importante para nuestra vida”. Y sintiéndonos cansados e insatisfechos, “el tiempo parece dispersarse en mil cosas prácticas que, sin embargo, no resuelven el significado último de nuestra existencia”, ha advertido.

Al respecto ha lamentado que a veces, al final de días llenos de actividades, “se sienten vacíos” porque “nosotros no somos máquinas, tenemos un ‘corazón’”, es más, podemos decir que “somos un corazón”. El corazón – ha afirmado León XIV – es el símbolo de toda nuestra humanidad, la síntesis de pensamientos, sentimientos y deseos, el centro invisible de nuestras personas.
El corazón inquieto

El Obispo de Roma ha querido subrayar la importancia de reflexionar sobre estos aspectos porque “en los numerosos compromisos que afrontamos continuamente”, aflora cada vez más “el riesgo de la dispersión, a veces de la desesperación, de la falta de sentido, incluso en personas aparentemente exitosas”. En cambio, leer la vida bajo el signo de la Pascua, “significa encontrar el acceso a la esencia de la persona humana, a nuestro corazón: cor inquietum”.

Con este adjetivo “inquieto”, san Agustín nos hace comprender “el impulso del ser humano que tiende a su plena realización”, ha aseverado el Papa.

La inquietud – ha proseguido León XIV - es la señal de que nuestro corazón no se mueve al azar, de forma desordenada, sin un fin o una meta, sino que está orientado hacia su destino último, el de “volver a casa”.

Finalmente, el Papa ha aseverado que “el secreto del movimiento del corazón humano” es “volver a la fuente de su ser, disfrutar del gozo que no termina, que no decepciona”. El corazón humano – ha precisado - no puede vivir sin esperar, sin saber que está hecho para la plenitud, no para el vacío.

De este modo, ha afirmado que Jesucristo “ha dado un fundamento sólido a esta esperanza”. Por esta razón, el corazón inquieto “no se sentirá defraudado si entra en el dinamismo del amor para el que ha sido creado”. Para concluir, el Pontífice ha subrayado que “el destino es seguro, la vida venció y en Cristo seguirá venciendo en cada muerte de lo cotidiano”.
Saludo a los enfermos en el Aula Pablo VI

Antes de salir a la plaza de San Pedro, el Papa León XIV saludó a un grupo de enfermos en el Aula Pablo VI. “Estamos ya cerca de la fiesta de Navidad y queremos pedir al Señor que la alegría de este tiempo de Navidad nos acompañe a todos: a vuestras familias, a vuestros seres queridos, y que estéis siempre en las manos del Señor con la confianza, con el amor que solo Dios nos puede dar”, ha dicho el Pontífice a los presentes, antes de darles la bendición y de saludarles uno a uno personalmente.

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Ciudad del Vaticano. - Durante el Ángelus, el Papa comenta el Evangelio de Mateo y reafirma que Jesús sigue hablándonos a través de los pobres, los últimos y los enfermos. Como Juan el Bautista en la cárcel, nos exhorta a no perder la esperanza y a mantener "una voz libre en busca de verdad y justicia".

Está el mundo de las cárceles que hoy, domingo 14 de diciembre, celebra su Jubileo; hay peregrinos de diversas nacionalidades con pancartas y banderas, y también simples turistas escuchando la reflexión del Papa León durante el Ángelus, en este tercer domingo de Adviento, basada en el Evangelio de Mateo. Juan el Bautista se encuentra justamente tras las rejas debido a su predicación, pero a pesar de sufrir la prisión no pierde la esperanza; incluso encadenado sigue siendo una voz libre en busca de verdad y justicia. Y desde esa cárcel se interroga, busca al Mesías y pregunta: "¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?".
Los últimos en el centro

La respuesta de Jesús, afirma el Pontífice, pone la mirada en aquellos a quienes Él amó y sirvió, y que hoy siguen estando en el corazón de la Iglesia.

“Son ellos: los últimos, los pobres, los enfermos quienes hablan por Él. Cristo anuncia quién es a través de lo que hace. Y lo que hace es para todos nosotros signo de salvación. De hecho, cuando se encuentra con Jesús, la vida privada de luz, de palabra y de sentido recupera su significado: los ciegos ven, los mudos hablan, los sordos oyen. La imagen de Dios, desfigurada por la lepra, recupera integridad y salud. Incluso los muertos, totalmente insensibles, vuelven a la vida. Este es el Evangelio de Jesús, la buena noticia anunciada a los pobres: cuando Dios viene al mundo, ¡se le ve!”.

Cristo, esperanza en la hora de la prueba

La Palabra de Dios - continúa - tiene un poder de liberación y de sanación. De ahí la invitación a alegrarse porque Cristo es nuestra esperanza, “sobre todo en la hora de la prueba”, cuando la vida pierde sentido y nos cuesta escuchar al prójimo.

"Él da palabra a los oprimidos, a quienes la violencia y el odio han privado de voz; Él vence la ideología que hace sordos a la verdad; Él sana de las apariencias que deforman el cuerpo. El Verbo de la vida nos redime así del mal, que conduce el corazón a la muerte. Por eso, como discípulos del Señor, en este tiempo de Adviento estamos llamados a unir la espera del Salvador con la atención a lo que Dios hace en el mundo. Entonces podremos experimentar la alegría de la libertad que se encuentra con su Salvador…"

Llamado por la República Democrática del Congo

Al finalizar la oración mariana, después de recordar las beatificaciones en España y Francia y los muchos mártires valientes asesinados por su fe, la voz de León se eleva nuevamente a favor de la paz. El Pontífice expresa preocupación por la reanudación de los enfrentamientos en la parte oriental de la República Democrática del Congo, expresa su cercanía con la población e invita a respetar los procesos de paz en curso.

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