El mensaje

Domingo, 04 Enero 2026 21:40 Escrito por Fernando Vázquez Rigada.

La desgracia del pueblo venezolano comenzó hace dos décadas. Como un huracán, el populismo fue devastando instituciones y, pronto, un líder carismático se convirtió en dictador.

Hugo Chávez se aprovechó del descrédito de la clase política y de una bonanza petrolera para destruir la democracia que le había llevado al poder.

Antes, la gente olvidó —como ocurre frecuentemente— que Chávez siempre despreció a la democracia. Fue un golpista fallido. Usó el voto para después triturarlo.

Destruyó a las instituciones, se hizo leyes a la medida y hasta confeccionó una constitución a su gusto y medida. Lo hizo apoderándose del Poder Legislativo para luego cesar a más de 400 jueces y disolver la Corte Suprema para sustituirla con un tribunal afín y castrado.

Sus abusos más allá de la ley las sustentó con ingresos extraordinarios por petróleo (más de mil millones de dólares) y una gran capacidad de comunicación. Inventó un programa: ¡Aló presidente! un maratón semanal de horas y horas de propaganda.

Pero hizo algo, quizá, peor: generó un Estado criminal. Chávez compró y pervirtió a las fuerzas armadas, y generó una amalgama entre el Estado, el poder militar y el crimen organizado. Importó el modelo cubano de control social a nivel cuadra: los vecinos espiando vecinos.

El amasijo entre generales, narcos, FARC y una base social armada y adiestrada para el control político permitió todo tipo de excesos.
La tragedia terminó en 2013, pero, diría Marx, le seguiría una farsa.

Nicolás Maduro, escogido por un Chávez convaleciente, sólo estudió hasta secundaria, fue chofer y fue adoctrinado en Cuba.
Sin las capacidades histriónicas, la preparación, la astucia ni el dinero de Chávez, Maduro extendió durante doce años agónicos su dictadura. 

Reprimió disientes. Encarceló opositores. Finalmente, perdió su reelección y terminó gobernando, literal, por sus pistolas.

La dictadura populista cerró Radio Caracas Televisión, NTN24, CNN, Caracol y TV Azteca; más de 280 radiodifusoras, 155 diarios y más de 60 portales digitales. 

Bajo esta degradación, llegó la hambruna y el exilio. El PIB per cápita se desplomó de unos 15 mil dólares a alrededor de 3,500. La inflación promedio de los últimos seis años fue de más de 4 mil por ciento. A la moneda se le han quitado 14 ceros en este siglo. 70% de la población vive en pobreza y alrededor de un cuarto de la misma se ha exiliado.

Mientras ocurría esta tragedia social, se formó una casta de ultra ricos, que encabezó el propio Maduro: Estados Unidos le confiscó hace unos meses bienes por más de 700 millones de dólares. La población le dio a esta elite corrupta una terminología: Boligarcas (funcionarios y militares multimillonarios), Bolichicos (jóvenes sin experiencia que amasaron y ostentaron fortuna) y enchufados: aquellos acomodaticios con relaciones en el régimen.

La dictadura había tenido suerte. Primero, George Bush estaba distraído en su guerra con Irak y luego, Afganistán. Chávez sobrevivió a un golpe de Estado gracias a la intervención cubana. Gozó de un rally en precios de petróleo.

Pero la suerte, en política, frecuentemente se acaba.

Y aquí se les acabó en una fecha precisa: 20 de enero de 2025.

Cuando Donald Trump llegó al poder, anunció que derrocaría al régimen.

Para lograrlo, expuso su corrupción sin límites. Lo declaró narco Estado. Decretó organizaciones narco terroristas al Cártel de los Soles y al Tren de Aragua. Denunció que la clase dirigente de la dictadura estaba coludida. Hundió embarcaciones. Embargó el petróleo. Tendió un cerco naval.

Las tragedias para las naciones llegan bajo las palabras “demasiado tarde”.

Así pasó.

Los venezolanos vieron demasiado tarde que habían llevado al poder a lo peor.

La dictadura vio demasiado tarde que Trump hablaba, fatalmente, en serio.

X | @fvazquezrig

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