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BUAP: Estudiantes crean "Ecovermis", biofertilizante contra plásticos
- Con este proyecto, estudiantes BUAP representarán al estado en la competencia nacional ENACTUS México 2026
De acuerdo con el último Informe de Riesgos Globales, la contaminación ocupa uno de los primeros 10 lugares entre las amenazas ambientales, con consecuencias en la biodiversidad, salud humana y economía mundial. Aquella producida por desechos plásticos tarda cientos o miles de años en degradarse, por lo que altera los hábitats, introduce toxinas y rompe enlaces críticos en las cadenas alimentarias.
Ante la pregunta, ¿qué podemos hacer para manejar este residuo tan contaminante que afecta a los ecosistemas? Leonardo Garduño Rouin y Luis Ángel Martínez Isidoro, estudiantes de la Facultad de Administración de la BUAP, desarrollaron Ecovermis, un biofertilizante líquido orgánico a partir de la degradación de plásticos.
Este proceso biotecnológico cuenta con una solicitud de patente ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI). “Nuestra patente protege todo nuestro proceso biotecnológico desde cómo procesamos los plásticos, cómo tratamos y gestionamos todos estos residuos, hasta obtener el biofertilizante”, expuso Leonardo Garduño Rouin.
Su iniciativa fue acreedora al Premio UNITEC a la Innovación Tecnológica para el Desarrollo Social 2025, en la categoría de Proyecto, y obtuvo el tercer lugar del Premio Municipal de la Juventud 2025. También participaron en el Bootcamp Re-Inventa el Campo de la Fundación Bayer 2025. Los alumnos compiten en el Santander X Explorer y representarán a la BUAP y al estado en la competencia nacional ENACTUS México 2026.
Transformar los residuos en oportunidad
En 2020 los estudiantes de la Licenciatura en Comercio Internacional se enfocaron en el cultivo de plantas en botellas de plástico, pero se percataron que sólo prolongaban la vida de este material, cuya producción pasó de 2.3 millones de toneladas en 1950 a 448 millones de toneladas en 2015. Ante este panorama, idearon un proceso biotecnológico que emplea una especie de larva de escarabajo (Tenebrio molitor), conocido popularmente como “gusano de la harina”.
A través de su metabolismo, estos organismos transforman los plásticos en excrementos ricos en compuestos orgánicos y nutrientes esenciales para el suelo y las plantas. “El proceso de degradación depende de la cantidad de gusanos, los cuales al estar en etapa larvaria consumen la mayor cantidad de plástico posible para prepararse a la etapa de la adultez. Este gusano puede degradar tres tipos de plásticos: poliestireno, poliuretano y poliéster de baja densidad”, detalló Leonardo Garduño Rouin, quien estudia la crianza de insectos y gusanos.
El alumno de la Facultad de Administración destacó que Ecovermis contiene quitina, un compuesto que estimula la raíz de las plantas para hacerlas más resistentes a los patógenos (hongos, virus y plagas). Además, ayuda a la recuperación de los suelos y atrae polinizadores. Este producto se ha probado en cultivos de lechuga, jitomate cherry, árboles frutales (higo), fresa, agave y cactáceas, con resultados favorables.
Los jóvenes instalaron diferentes puntos de recolección de la materia prima (poliéster y residuos orgánicos), principalmente en el Complejo Cultural Universitario. “Nuestro modelo de negocio consta de la economía circular, por lo que valorizamos los residuos a la vez que los gestionamos y los reducimos para obtener nuestro producto principal”.
Para materializar su idea, Leonardo y Luis Ángel recibieron asesoría por parte de la Incubadora de la Dirección de Innovación y Transferencia de Conocimiento de la institución: en la parte profesional, técnica, cómo emprender, hasta consolidarse como una microempresa con el mismo nombre.
“Cualquiera puede hacer lo que sea en tanto tenga la pasión, el espíritu y las ganas. No hay un reto que sea imposible para que no logres tus sueños y tus metas”, aseguró Garduño Rouin.
Ecovermis se encuentra en la etapa de validación del producto y pretende expandirse para aumentar su auge. Su comercialización es a través de las redes sociales (Facebook, Instagram y Tiktok), con el mismo nombre; así como al teléfono 22 11 80 21 91.
Degradación y decadencia
Artículo | Algo Más Que Palabras
“El fracaso de esta generación parte de esa mentalidad que todo lo separa, divide, excluye y adoctrina a las órdenes del poderoso caballero don dinero; en lugar de priorizarse con el amor, que jamás desea ser poseído”.
Los seres humanos entre sí, y junto a los demás, hemos decaído tanto culturalmente como moralmente, lo que requiere, con urgencia, asumir compromisos y responsabilidades globales, para trazar nuevas acciones encaminadas a redescubrir en común lo mucho que podemos hacer en familia unos por otros. Por desgracia, el núcleo vital de lo humano y de la sociedad, ya no se forma al calor de ese hogar que infunde pertenencia, ilusión y tolerancia. Hemos enfermado en valores y en valía, y los mandatarios que se dicen protectores de la estirpe, también han olvidado que la efectiva acogida tiene su naciente en la institución familiar; en esa corporación de vínculos emparentados, que es donde en verdad adquirimos la espiritualidad humanística, heredada a través de la ternura del abrazo, de la entrega generosa, de la donación total en suma. Es cierto que siempre ha habido crisis, pero cuando se afronta todo de manera superficial o interesada, es difícil que renazca el diálogo sincero, creando situaciones realmente complejas y problemáticas. A mi juicio, el fracaso de esta generación parte de esa mentalidad que todo lo separa, divide, excluye y adoctrina a las órdenes del poderoso caballero don dinero; en lugar de priorizarse con el amor, que jamás desea ser poseído.
Mal que nos pese, los magnos valores de humanidad se aprenden y reprenden en consanguinidad. Son los grandes agentes transformadores, pues de una mística unión de corazones, o si quieren de una íntima comunidad conyugal de savia y afecto, germinan los abecedarios más armónicos, los sentimientos más puros, la actitud más desprendida, el lenguaje más níveo del alma, donde nadie hace alarde de nada, porque lo importante son las huellas de humildad que dejan aquellos rostros que saben disculparlo todo. Después de ese amor inherente que debe unirnos como caminantes, la experiencia de los siglos prueba que la deshumanización anuncia la decadencia de los linajes. Por eso, es fundamental reavivar el sentido de mundialización y de que los corazones dejen de ser piedras, de hacer uniones más auténticas a través del ejemplo de sus progenitores, pero también de una educación sana adherida a los principios y valores éticos. Que nadie se confunda, estamos llamados a convivir y a respetarnos, a restablecer el raciocinio y a fomentar el sentido de justicia, a despertar a una conciencia menos mercantilista de la existencia humana en definitiva.
Sea como fuere, uno se fraterniza desde el compartir y se degrada desde el endiosamiento dominador del pensamiento materialista. Ahí están los insaciables, los que utilizan las artimañas de la fuerza y del poderío, imponiendo un estilo que nos repele entre humanos, con modos intolerantes que nos degradan y con una clara violación a lo que en realidad somos, un soplo de energía y poco más. De igual modo, debido a una sobreexplotación, sin miramiento alguno; nuestro propio planeta, que es también nuestra casa común, corre el riesgo de destruirse. Así, los últimos cuatro años son un claro signo del cambio climático a largo plazo debido a concentraciones récord en la atmósfera de gases de efecto invernadero. “2015, 2016, 2017 y 2018 han sido confirmados como los cuatro años más cálidos registrados”, según informe reciente de la Organización Meteorológica Mundial. Esta es, por tanto, una realidad que debemos afrontar toda la ciudadanía en bloque, sin ninguna exclusión o marginalidad; y ha de ser, además, una de las principales prioridades mundiales.
En consecuencia, es el momento de movilizarnos para renacer y no proseguir en esta degradación y decadencia humana, que nos lleva verdaderamente al caos y a la destrucción. En el nombre de Dios, Al-Azhar al-Sharif -con los musulmanes de Oriente y Occidente-, junto a la Iglesia Católica -con los católicos de Oriente y Occidente-, han firmado, al inicio de este mes de febrero, un histórico documento en el que declaran asumir la cultura del diálogo como camino; la colaboración común como conducta; el conocimiento recíproco como método y criterio. Extiéndase el paradigma. Ojalá hagan lo propio otros líderes mundiales. Sin duda, este puede ser un buen camino, para que en nombre de la ciudadanía, en su armónica unidad y como seres pensantes, todos podamos estar más dispuestos a cooperar hacia una cultura de consideración solidaria y bilateral, siendo más comprensivo al menos cada cual consigo mismo y sus semejantes, con vistas a confirmar la importancia de tales valores, como ancla reconstituyente y fuerza humanística para todos.
Víctor Corcoba Herrero / Escritor
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Tocando fondo: la degradación de lo humano
Artículo | Algo Más Que Palabras
Cada día somos más, con estilo de vidas diferentes, pero que hemos de relacionarnos, lo que nos exige amplitud de miras y comprensión permanente. Precisamente, esa fuerza transformadora de los corazones, radica en el ropaje interior de cada cual, por lo que es ineludible cohesionar latidos desde todas las culturas y buscar la manera de fraternizar actitudes, sobre todo activando el culto a la coherencia con la autenticidad de lo que somos. No quiero omitir, que son de alabar los avances que contribuyen a entendernos; sin embargo, tampoco podemos dejar en el tintero, que la mayoría de las gentes mueren en la desesperación continua, sin consuelo alguno. Sólo hay que ver, cómo algunas patologías van en aumento. El miedo y la opresión es tan fuerte que se hace dificultoso vivir y, en ocasiones, para coexistir con poca dignidad. De nada nos sirven los progresos en el conocimiento y en la información, si luego, a renglón seguido tenemos una economía excluyente que aniquila, que mata y nos comercia a su antojo. Hoy todo se mueve en torno al poder. Como antaño, el pez grande imperecederamente come al chico. Ante este panorama desolador, multitud de ciudadanos de todo el mundo se sienten mal, muy mal, sin horizontes, sin salida, sin luz en definitiva.
La falsedad es uno de los grandes tormentos actuales. Como dijo una vez el novelista y poeta Sir Walter Scott: “Oh, qué enmarañada red tejemos cuando primero practicamos el engaño”. Tengo el convencimiento, pues, de que si avivamos las alianzas con la verdad, podemos desenmarañar la intrincada red de transacciones sospechosas y llevar a quienes practican el engaño ante la justicia. Esto es algo que favorece la integridad financiera y el crecimiento inclusivo, cuestión que nos beneficia a todos. Hasta ahora nos han adoctrinado con una cultura del bienestar que encierra una idolatría del dinero como jamás, en lugar de activar otros cultivos que nos hermanen y nos ayuden a servirnos mejor unos a otros. Sólo hay que mirar y ver el endiosamiento de algunos poderosos, totalmente deshumanizados y corruptos a más no poder, siempre dispuestos a restar existencias, a no compartir nada con los más pobres, si acaso alguna migaja, para luego pasar a ignorarles. La persona se ha degradado como no se podía imaginar uno. La avaricia tampoco conoce límites. Hay un rechazo a toda moral y el interés ha sustituido a la solidaridad desinteresada. Lo malo de toda esta nube de despropósitos es que el mal se ha enraizado, lo que va a dificultar la expectativa de un futuro más justo.
Además, por si fuera poco, la persona ha dejado de amarse por sí misma, y se ha puesto al servicio de unas gentes económicamente privilegiadas, que no entienden de ética y sí de sobornos. Por tanto, tan importante como alimentarse para poder caminar, es salir de este espíritu que nos degrada, que nos insta a vivir en la superficialidad, siendo a veces un producto más de mercado, donde aquello que no produce se abandona. Con urgencia, el ser humano, si quiere permanecer como especie pensante, tiene que volver a ser él mismo, de ahí, la perentoria necesidad de una educación que nos enseñe a reflexionar críticamente, mediante un lenguaje universalista que ofrezca un camino de maduración en valores. Las gobernanzas mundiales han de humanizarse si en certeza queremos fortalecernos como linaje en este mundo tan velozmente cambiante. Por más que miremos para otro lado, la esclavitud moderna está presente en todas partes del mundo, devaluando a todo ser humano. Una vez más, don dinero es el motor. Un estudio reciente de la Organización Internacional del Trabajo lo avala, estimando que genera ganancias anuales de más de 150.000 millones de dólares, lo cual equivale a la suma de las ganancias de las cuatro empresas más rentables del mundo.
Hace tiempo que la primacía del ser humano sobre todo lo demás, ha dejado de ser una realidad. Olvidamos que estamos en el mismo camino y que todos somos necesarios para abrazar un único horizonte. ¡Atención al aguijón de la rivalidad! ¡O al incentivo del egoísmo! A veces la necedad nos puede, y obviamos que también las obras ajenas son nuestras obras también. Sea como fuere, veo que nos falta esa actitud de servicio incondicional y que nos sobran respuestas vengativas. Como decía san Ignacio de Loyola, “el amor se debe poner más en las obras que en las palabras”. Esto es lo que realmente nos fertiliza como seres vivos y nos permite cambiar, al experimentar la felicidad de legarse, sin reclamar dividendos, por el sublime deseo de realizarse donándose. Hoy más que nunca requerimos más acogida, más misión, más entrega y generosidad, en suma. Ya está bien del reinado del dominio de unos sobre otros, o la nefasta competición para ver quién es más poderoso o productivo, restauremos otros valores más de familia, más de sociedad coordinada y cooperante, más de colectivo armonizado. Hemos de volver a la pureza, al retorno del amor verdadero, ese que comprende y disculpa, que injerta palabras de aliento y que reconforta con su propia mirada, lejos de esa desviación destructora que hoy tanto nos acorrala y aniquila.
En consecuencia, ha llegado el momento de reafirmar una actitud humana más acorde con el crecimiento espiritual, que es lo que verdaderamente nos hace más felices, o al menos, estar bien con nosotros mismos. Cualquier menoscabo cívico nos degrada. Deberíamos esto tenerlo más presente. Justamente, con esta degradación humana se hace muy difícil modelar la convivencia, por ejemplo. Cuando falla el respeto todo se desmorona. Es una contradicción pedir a las nuevas generaciones la consideración hacia sus análogos, cuando las mismas relaciones sociales se gestan desde una mentalidad egoísta, trastocándolo todo, desde la similar correspondencia del ser humano con la naturaleza. Con relativa frecuencia, éstas se hallan con conductas inmorales, y hasta perversas, como en el caso del llamado turismo sexual, en el que se degradan vidas humanas, incluso de tierna edad. Lo mismo sucede con el mundo del trabajo, es fácil encontrar testimonios donde la degradación de la persona es un hecho, en la medida en la que se le considera un mero instrumento en el campo de las ganancias y nada más que eso. De igual modo, a poco que paseemos por nuestras ciudades, se observan situaciones de degradación y de miseria en plena calle. Está visto, por ello, que hay que cambiar de rumbo y no aceptar pasivamente ciertos comportamientos que nos asombran, pero poco más.
Tengamos presente que solamente aquella autonomía que se somete a la naturalidad nos embellece como persona. Por otra parte, no es bueno acostumbrarse a que la vida humana entre en el mercado y apenas tenga valor alguno. Subsiguientemente, deberíamos hallar una manera de deshabituarnos de esta adicción al mal que nos acecha. Nunca es tarde para recapacitar, para volver a empezar a ser otro, aunque, como decía el novelista y ensayista estadounidense Susan Sontag (1993-2004): “Amar duele, es como entregarse a ser desollado y saber que, en cualquier momento, la otra persona podría irse llevándose tu piel”. Pero ese sufrimiento estará bien empleado, si supone socorrer a todos para transitar con todos. En este sentido, y aunque no tengamos derecho a juzgar a nadie, si que animo a considerar estas palabras de un sabio de la antigüedad: “No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos”. Ojalá lo escrito aquí, dejase perplejo al lector, le hiciese reflexionar y se pusiese también a compartir lo que piensa. Sería una manera de esclarecer todos los laberintos que nos hemos trazado y, de ver, que aún estamos vivos.
Víctor Corcoba Herrero / Escritor
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